Las redes un fin en sí mismo

2015-01-22
Si una actividad en familia se “publica” paso a paso con fotos y comentarios minuto a minuto, la presencia y el disfrute del momento real se pierde. Eso sucede cuando las redes dejan de ser un medio de comunicación y se convierten en un fin en sí mismo.

Compartir tiempo con los hijos es fundamental, y cuando se aclara la importancia de que ese tiempo sea “de calidad”, se refiere a la presencia y real atención de los participantes de la actividad: un juego de mesa, un paseo, la decoración de una torta, cualquier actividad compartida puede ser hoy, en la era de la tecnología, “canibalizada” por el irrefrenable deseo de sacar fotos, publicarlas, comentar y compartir en las redes el paso a paso y el minuto a minuto.

El costo de esta exhibición de la vida privada, de esta necesidad de “dar a ver” todo lo que hacemos es la desconexión con el otro con quien se está compartiendo (supuestamente) la actividad. Ya sea el padre que “juega” con el hijo mientras responde mails en su Smartphone o la adolescente que construye una casa de galletitas con su mamá mientras lo muestra en las redes a sus amigas, adultos y adolescentes, según el caso, empobrecen el encuentro por estar más pendientes de lo que se va a mostrar que de lo que se está viviendo. Así, las redes sociales dejan de ser un medio de comunicación y pasan a ser un fin en sí mismo.

Cuando el acento del disfrute está puesto en cuántos likes se consiguen, se evita “poner el cuerpo” en la escena y se produce una conexión mentirosa con el otro, porque se está sin estar, sin atención y sin disposición plena.

Si el adulto se reconoce en estas actitudes, es fundamental que tome medidas al respecto para no dejarse absorber por la tecnología: por ejemplo, si uno sabe que le cuesta no mirar el teléfono, es mejor dejarlo en casa al llevar a los chicos a la plaza.

Ahora, si es el hijo el que no se despega del teléfono cuando comparte una actividad con su familia, es fundamental que el adulto tome la palabra para que el adolescente pueda estar presente y disfrutar. Y conviene sacar el tema ahí mismo, sin temor a “arruinar el momento”, porque en realidad hay que rescatar la conexión que ya se ha perdido.

Muchas veces los padres solo se quedan mirando al hijo en estas situaciones y no dicen nada por no generar una discusión, porque hablar implica poner el cuerpo, soportar el enojo del adolescente y por evitar el conflicto se rehúye el diálogo, que es la única manera de modificar la situación. En estos casos, hay que elegir el camino difícil, el del compromiso y el esfuerzo, porque es el mejor para los hijos y para el vínculo.

Hay que tener en cuenta, por otro lado, que la crianza del adolescente no es posible sin conflicto y que para que él pueda poner sus conflictos en palabras, tiene que haber escuchado a sus padres hacerlo. Los chicos necesitan dialogar e incluso discutir para formar sus propias ideas.

Por último, es básico que lo que dicen los padres vaya acompañado de una actitud coherente y que ellos den el ejemplo estando plenamente presentes y atentos a sus hijos cuando comparten actividades en familia.

Asesoró: Stella Maris Rivadero, psicoanalista de la institución Fernando Ulloa

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